lunes, 6 de junio de 2016

Vitor Ramil: “El artista paga un alto precio por llevar una vida no convencional”

En este artículo el músico y escritor reflexiona sobre el papel y la imagen de los artistas en un momento de crisis política en Brasil.


Foto: Ana Miranda / Zero Hora



Por Zero Hora(*)                

La historia es más o menos así: Mark Twain, el escritor norteamericano estaba sentado en el balcón de su casa cuando pasó un vecino y le preguntó: “¿Descansando, vecino? , a lo que él respondió: “No, trabajando”. Otro día el mismo vecino lo vio cortando el césped del jardín y le preguntó: “¿Trabajando, vecino?” y Twain le respondió: “No, descansando”.
Recordé esa historia para ejemplificar la idea de que el trabajo y el descanso del artista no se parecen a los de las demás profesiones. Para el sentido común “artista” ni siquiera parece ser una profesión. ¿Para qué sirve un artista realmente? El sistema no tiene, a priori, un lugar para él. El pintor francés Paul Gauguin cambió una profesión “de respeto” y rentable para tornarse un pintor destinado a vivir y morir en la pobreza y sin reconocimiento alguno. ¿Qué juicio esperar de los contemporáneos de Gauguin sino que él había enloquecido, que era un misántropo, un inadaptado?

La sociedad siempre está lista para recibir a los ingenieros, a los médicos o a los abogados, nunca a los artistas. Si un médico cuelga su diploma en una pared, entra y sale rutinariamente por la puerta de un consultorio en que esté fijada una placa con su nombre y especialidad, nadie dirá que él no es un médico, sea buen o mal profesional. Para un artista, un diploma y una puerta con su nombre nunca serán suficientes. Su reconocimiento dependerá siempre de criterios subjetivos. ¿Lo que él hace es artístico? ¿Qué es el arte realmente? El propio artista puede pasarse la vida formulándose estas preguntas. El dilema comienza tempranamente.  Nadie puede decir a un niño o a un adolescente si será un artista. El artista sólo escucha su propia voz. Nos tornamos aquello que somos, ha dicho otro escritor. Pero qué difícil es escuchar la propia voz, decirse a uno mismo: soy un artista, seré un artista.

En casa, estimulamos mucho a nuestros hijos a seguir el camino del arte, en el caso de que sintieran tal vocación. Para nuestra alegría y la de ellos, Ian e Isabel son hoy en día artistas de quienes sentimos mucho orgullo. Pero sé que en la mayoría de las familias los padres sienten temor ante la posibilidad o la decisión de que sus hijos adolescentes quieran seguir este camino. Quizás el miedo de los padres se origine en la percepción de que los jóvenes no tienen experiencia de vida suficiente como para medir los riesgos de una elección profesional equivocada o de difícil trayectoria, sin mencionar que, para muchos, optar por el arte significa sencillamente desestimar una profesión “de verdad”.
La difícil trayectoria para un artista puede ser consecuencia del valor intrínseco de lo que él produce, pero puede también, y quizás principalmente, resultar de la dificultad de inserción en un sistema en que el arte es menos necesario que superfluo. De ahí la importancia, para toda sociedad, de la existencia de instituciones culturales sólidas, aquellas que ambicionan dar al arte su debido y digno lugar en el sistema. Aun actuando en un contexto adverso, el artista puede ser tenido en alta estima. Pero es más común que enfrente preconceptos de todo tipo. Es moneda corriente ser tachado de vagabundo, bohemio, perezoso o rebelde, por ejemplo.

Particularmente considero altamente importantes la vagancia, la bohemia, la pereza y la rebeldía para el trabajo artístico. Pero sé que uno solo de esos adjetivos podría destruir la reputación de profesionales “respetables” en las profesiones, digamos, convencionales. El artista paga un alto precio por llevar una vida no convencional. Además, como para la gente en general el arte está asociado a los momentos de entretenimiento, placer o incluso descanso—en los momentos en que se sale de la “rutina”—se impone la idea de que el artista vive sólo en estos, por estos y de estos momentos de ocio, que su vida es una fiesta permanente. Poco se sabe de la labor artística, de cuán difícil y compleja puede llegar a ser, de cuánta transpiración existe para cada inspiración. ¿Quién no conoce la fábula de la cigarra y la hormiga?

Por más que pensemos en culturas diferentes, en países en que el arte está más o menos valorado, en los Estados Unidos de Twain, en la Francia de Gauguin, en el Brasil de Noel Rosa—aquel bohemio incorregible que, habiendo vivido apenas 26 años, creó una obra genial con suficiente potencia para moldear nuestra identidad nacional—no creo que el papel del artista en la sociedad cambie mucho de un país a otro. En el caso del Brasil actual, la demonización de los artistas me parece puntual respecto a la política. Las personas se están demonizando unas a otras de una forma que se acerca a la barbarie, con la falta de un proyecto democrático para el país. ¿Por qué los artistas serían librados de esta locura si, en su mayoría, se sitúan en el espectro político más cercano a la izquierda, justamente lo que ahora está siendo juzgado?

Pero estoy seguro de que los que hoy insultan a Chico Buarque o a un oscuro grupo teatral de vanguardia saben, en el fondo, que el trabajo de esos artistas es de grandísima importancia; saben que, produciendo cada uno a su modo y con libertad, ellos son fundamentales para nuestra constitución como nación. Uso la expresión “en el fondo” a propósito. Quizás el foco debiese estar en el fondo, tal vez necesitemos ir hasta el fondo de todo esto. ¿Qué tal ir y salir de allí compartiendo la más legítima alegría ciudadana?


(*)Traducción al español del artículo publicado por el periódico Zero Hora de Porto Alegre, a quien agradecemos la autorización para reproducirlo en esta página.

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